. . .
Fuente: Museo del Prado, Madrid, España
Odile Delenda

(Fuente de Cantos, Badajoz, 7 de noviembre de 1598 – Madrid, 27 de agosto de 1664).

Pintor español, hijo de un acomodado negociante vasco establecido en Extremadura desde 1582. Entre los años 1614 y 1617 aprendió la pintura en Sevilla con el poco conocido pintor Pedro Díaz de Villanueva. En este periodo tendría ocasión de conocer a Pacheco y Herrera, maestros famosos, y de establecer contactos con sus coetáneos Velázquez y Cano, aprendices como él en la Sevilla de la época. Al cabo de unos años de aprendizaje, seguramente más fecundos en diversas enseñanzas de lo que se ha venido considerando, Zurbarán volvió a su provincia natal sin someterse al examen gremial sevillano. Este último hecho le será reprochado posteriormente. Se estableció en Llerena durante once años (1617-1628), donde se casó dos veces y fue padre muy joven. Zurbarán recibía encargos de la ciudad de Llerena y de diversos conventos e iglesias de Extremadura. Desgraciadamente se han perdido casi todas las obras de su primera etapa, pero la existencia de un taller en Llerena demuestra una actividad ya considerable. En 1626 los dominicos sevillanos de San Pablo contrataron a Zurbarán para pintar una serie importante de cuadros pero mal remunerada. Poco después, los mercedarios calzados de la Casa Grande de Sevilla le propusieron un sueldo tres veces superior para un encargo de ­semejante magnitud. Del conjunto de San Pablo se conservan el espléndido Crucificado (Art Institute of ­Chicago), primera obra fechada en 1627, y tres magníficas figuras completas de los padres de la Iglesia (Museo de Bellas Artes de Sevilla). En dos escenas de la Vida de santo Domingo (iglesia de la Magdalena, Sevilla), como en varios cuadros del importante ciclo de la Merced Calzada, se advierte la participación de diversos asistentes. Sin embargo, el portentoso San Serapio (1628, Wadsworth Atheneum, Hartford), indudablemente autógrafo, revela las cualidades propias del joven maestro: sorprendente plasticidad de las formas, armonía de las tonalidades y sabia distribución de las luces. El Museo del Prado conserva dos de las más bellas escenas de la vida de san Pedro Nolasco, mientras que el resto se halla disperso en museos y colecciones del mundo entero. En 1629, por insólita proposición del Consejo Municipal, Zurbarán se instala definitivamente en Sevilla. En dicha fecha pinta cuatro lienzos importantes para el colegio franciscano de San Buenaventura (Musée du Louvre, París, y Gemäldegalerie Alte Meister, Dresde). Empieza entonces para el pintor extremeño el decenio más prestigioso de su carrera. La fuerza expresiva de su pincelada, añadida a su obediencia a la hora de satisfacer los deseos de sus comitentes, lo convierten en el mejor intérprete de la Reforma católica del siglo de oro español. Recibe encargos de todas las órdenes religiosas presentes en Andalucía y Extremadura. Pinta para los jesuitas (Visión del beato Alonso Rodríguez, 1630, Real Academia de San Fernando, Madrid), para los dominicos (Apoteosis de santo Tomás de Aquino, 1631, Museo de Bellas Artes de Sevilla) y también para los conventos sevillanos de los carmelitas, los trinitarios y los mercedarios descalzos. El éxito de Zurbarán culminó en 1634 con una invitación de la corte, quizá sugerida por Velázquez, para participar en la decoración del salón grande del Buen Retiro. Allí pintó Zurbarán los diez «Trabajos de Hércules» para las sobreventanas y dos grandes lienzos de batallas. Once de dichas pin­turas se conservan en el Museo del Prado. De retorno a Sevilla, el maestro extremeño siguió trabajando para sus comitentes monásticos. Casi todas las pinturas de dos impresionantes series, probablemente las mejores de su producción, se han conservado. El conjunto de la cartuja de Jerez de la Frontera se halla disperso entre varios museos (Metro­politan Museum of Art, Nueva York; Museo Nacional de Poznan, Polonia; Museo de Cádiz). Los cuatro grandes lienzos del retablo mayor (AnunciaciónAdoración de los pastores, 1638, Circuncisión, 1639, y Ado­ración de los Reyes, todos en el ­Musée de Peinture et de Sculpture, Grenoble) son de una solemnidad casi litúrgica. El cromatismo resplandeciente de la indumentaria y la perfección técnica de estos lienzos pertenecen a lo mejor de su obra. De la misma calidad es la serie del monasterio de Guadalupe, único encargo importante del pintor conservado in situ. Los ocho grandes cuadros de la sacristía, pintados en Sevilla en las mismas fechas (1638-1639), representan episodios poco conocidos de la vida de los monjes jerónimos, Misa del padre Cabañuelas, Aparición del Cristo al padre Salmerón, Fray Gonzalo de Illescas escribiendo, etc. En la capilla adyacente, tres episodios de la vida de san Jerónimo están pintados hacia 1645, con un estilo tenebrista que revela la fuerte influencia de Ribera. A partir de 1640, los grandes encargos van ­disminuyendo mientras que se desarrolla el mercado americano. En 1644, Zurbarán pinta, con colaboración de su obrador, un retablo para la colegiata de Zafra, y en 1655, los tres célebres lienzos apaisados de la sacristía de la cartuja sevillana de Santa María de las Cuevas (Museo de Bellas Artes de Sevilla). A mediados del siglo, Sevilla sufrió una profunda depresión económica. Una gran epidemia de peste golpeó la ciudad en 1649, reduciendo considerablemente su población. Su hijo y colaborador, Juan, muere de este «mal de contagio». Francisco de Zurbarán aumentó entonces la producción de su obrador con seriesde fundadores de órdenes, de santas vírgenes o de césares para el Nuevo Mundo. En 1658, probablemente movido por las dificultades del mercado sevillano, se trasladó a Madrid donde pronto vinieron a instalarse su mujer y la única hija sobreviviente de este tercer matrimonio. En su última época hallamos varias obras aisladas, a menudo firmadas, que no pertenecen a ningún conjunto. Se trata de lienzos de devoción privada de pequeño tamaño y ejecución refinada. Se advierte entonces una evolución de su estilo, de modelado más suave y aterciopelado. El viejo pintor tuvo al parecer una buena clientela privada pero su salud decayó pronto (su última obra firmada es de 1662), y falleció en 1664 después de una larga enfermedad que empobreció a su familia. Sin embargo, no llegó a vivir en la miseria como se ha repetido demasiadas veces. En su testamento no se encuentra deuda alguna y deja unos muebles lujosos, aunque el resto de sus posesiones en Madrid sean más bien modestas. Zurbarán es, por supuesto, el gran pintor de la vida monástica que él expresa con un realismo candoroso, y una extrema sencillez. Nadie como él ha sabido traducir con tanta precisión y exactitud los diversos hábitos conventuales. Sus retratos de monjes son de una veracidad impresionante y con escasos elementos sabe expresar los más intensos éxtasis místicos. Excluye toda grandilocuencia y toda teatralidad, incluso podemos hallar algo de torpeza en el momento de resolver los problemas técnicos de la perspectiva geométrica. Tampoco le interesan los escorzos ni la sugerencia de espacios ilusionistas a la italiana. Sus composiciones severas, rigurosamente ordenadas, alcanzan un nivel excepcional de emoción piadosa. Con respecto al tenebrismo, Zurbarán lo practicó sobre todo en su primera época sevillana, no solo en sus conocidas series monásticas sino también en obras de devoción privada. Nadie le supera en la manera de expresar la ternura y el candor de los niños santos: virgencitas en éxtasis, inmaculadas muy jovencitas, niños de la espina o santas adolescentes, son otros aspectos encantadores de su talento. Su técnica excepcional para representar los valores táctiles de las telas y de los objetos hace de él un bodegonista de muy alto nivel. Bajo su pincel, los objetos sencillos alcanzan una trascendencia poética sublime (Bodegón, 1633, Norton Simon Foundation, Pasadena). Su sobriedad, la fuerza expresiva y la plasticidad de sus figuras, añadidas a sus evidentes dotes de colorista, lo sitúan en la cumbre de los maestros españoles del siglo de oro. Quizás es de todos ellos el que más conmueve nuestra sensibilidad moderna.

Obras

Defensa de Cádiz contra los ingleses

1634 – 1635. Óleo sobre lienzo, 302 x 323 cm. 

El hecho representado es la defensa de Cádiz frente al ataque, iniciado el primero de noviembre de 1625, de una escuadra inglesa compuesta por cien naves y diez mil hombres al mando de sir Henry Cecil, vizconde de Wimbledon. La defensa de la plaza estuvo al mando de don Fernando Girón y Ponce de León, veterano militar de las campañas de Flandes y consejero de guerra, que había sido nombrado gobernador por el rey, tras ofrecerse él mismo en un discurso que pronunció el 8 de febrero de 1625 ante el Consejo de Estado. Enfermo de gota y prácticamente impedido, tuvo que dirigir las operaciones, como muestra el cuadro, sentado en un sillón. Le auxiliaron en las operaciones el duque de Fernandina, don García de Toledo y Osorio, al mando de doce galeras, el marqués de Coprani, don Pedro Rodríguez de Santisteban (quien, acompañado por el marqués de Torrecuso y el almirante don Roque Centeno, mandaba otros catorce navíos recién llegados de Indias) y el octavo duque de Medina Sidonia, don Manuel Pérez de Guzmán, quien movilizó las milicias de los pueblos cercanos llegando a reunir 6.000 hombres. Los ingleses entraron en el puerto de Cádiz el primero de noviembre y, tras cañonear y lograr la rendición del fuerte del Puntal, desembarcaron 10.000 hombres que se apoderaron de la Almadraba de Hércules, pero vieron su avance detenido ante el puente de Zuazo, defendido por el marqués de Coprani y el corregidor de Jerez, Luis Portocarrero. Desmoralizados y hostigados por las fuerzas españolas, abandonaron el campo de batalla el día 8 dejando sobre él 2.000 hombres entre muertos y ahogados, al reembarcarse con la prisa de tomar sus esquifes, según expresión del cronista Matías de Novoa. Como otras acciones de guerra conmemoradas en el Salón de Reinos, está dio lugar a una pieza teatral: La fe no ha menester armas y venida del inglés a Cádiz, de Rodrigo de Herrera. Como ha hecho notar Patricio Prieto Llovera, en el lienzo se identifican perfectamente las diversas partes del campo exterior de Cádiz y se aprecian las escaramuzas navales y las luchas alrededor del fuerte del Puntal y de la Almadraba de Hércules. En el primer plano, sobre las murallas, en la zona hoy conocida como Puerta de Tierra, aparece a la izquierda, don Fernando Girón, sentado, con una muleta en la mano izquierda y la bengala, o bastón de mando, en la derecha. El personaje al que Girón transmite sus órdenes, y que está de pie en el centro, es, sin duda, como ya señaló Ceán, don Diego Ruiz, su teniente de maestre de campo. El resto de los personajes han sido identificados, tentativamente, de forma diversa. Es muy probable que el caballero santiaguista que está junto a Ruiz y vuelve la cabeza hacia los tres de la derecha sea don Lorenzo Cabrera y Orbera de la Maestra, corregidor de Cádiz y castellano de su fortaleza, que estaba mutilado del brazo izquierdo por acción de guerra. No existen indicios fiables para fijar la identidad del resto de los personajes. El que aparece a la izquierda, tras Girón, ha sido identificado a veces (por Ceán y otros) como el duque de Medina Sidonia, pero dada su posición subalterna y teniendo en cuenta que lleva un papel en la mano, es posible que, como apuntara Serrera sea simplemente un ayudante o el secretario de Girón. La carta de pago y finiquito publicada por Caturla muestra que Zurbarán cobró 1.100 ducados por los diez quadros de pintura de las fuerzas de Hércules y dos lienzos grandes que ha hecho del Socorro de Cádiz […] para el Salón grande del Buen Retiro. El registro de dos cuadros de Zurbarán relacionados con el Socorro de Cádiz, plantea un problema que hoy no estamos en disposición de resolver. El registro en el inventario de 1701 del cuadro desaparecido en la Guerra de la Independencia (Otra [pintura] […] del Marqués de Caderita con la Armada de España) no ayuda a esclarecer la cuestión y no hay dato alguno que parezca referirse al segundo lienzo realizado por Zurbarán.


Visión de san Pedro Nolasco

1629. Óleo sobre lienzo, 179 x 223 cm. 

El santo, fundador de la Orden de la Merced Calzada, aparece arrodillado y recostado sobre un banco de iglesia. En su sueño, un ángel se le aparece y le muestra la Jerusalén Celestial, concebida como una ciudad amurallada con puertas y puentes levadizos por los que entra y salen numerosas personas. Es compañero de la Aparición de San Pedro a San Pedro Nolasco (P1237) siendo ambos parte de una serie pintada por Zurbarán para el Claustro del Convento de la Merced Calzada de Sevilla (hoy Museo de Bellas Artes de la ciudad), representando diferentes momentos de la vida del fundador de la orden.

En la escena lo sobrenatural se muestra de manera sencilla, sin violentos contrastes, dentro del espíritu de calma y sosiego con que Zurbarán interpreta las historias y milagros de las órdenes religiosas sevillanas. Probablemente por indicación de los monjes, el pintor representó al santo varón de edad madura, con pelo y barba encanecidos, como ejemplo de virtud a imitar por los frailes más jóvenes.

Fue adquirido antes de 1808 por el deán de la Catedral de Sevilla, López Cepero, quien lo cedió a Fernando VII en 1821.


San Francisco en oración

1659. Óleo sobre lienzo, 126 x 97,1 cm. 

Esta es una de las más bellas obras tardías de Zurbarán y una de sus más atractivas representaciones de Francisco, su santo patrón, al que pintó en numerosas ocasiones. Está firmada y fechada en un cartellino ficticio que parece adherido a la superficie del cuadro -motivo ya utilizado antes varias veces por el artista- y cuya esquina superior izquierda está doblada para producir una sombra. Es evidente el interés del artista en que el espectador supiera quién había pintado el cuadro y cuándo.

Este cuadro, que Odile Delenda ha calificado como el San Francisco “Hamlet”, muestra al santo meditando con una calavera en la mano izquierda mientras se lleva la mano derecha al pecho y alza los ojos al cielo. La composición se ha descrito como una versión diurna del tenebrista San Francisco en meditación de la National Gallery de Londres (NG 230), pintado unos veinte años antes, en el que vemos al santo inserto en un fondo oscuro, rescatado parcialmente de las sombras por un haz de luz que procede de la izquierda y que además le ilumina levemente la nariz y la boca, subrayando el intenso ascetismo de su vida, sobre todo en sus últimos años, tras haber recibido los estigmas. En nuestro cuadro, el entorno es por el contrario un yermo y rocoso paraje al que el santo se ha retirado para rezar y reflexionar sobre la Pasión de Cristo. A la izquierda, a media distancia y entre árboles, se ve una modesta cabaña o eremitorio. Sobre la piedra en la que Francisco descansa el brazo que porta la calavera hay un libro de oraciones encuadernado en pergamino, en cuyo lomo se apoya una pequeña cruz de madera. El tosco y pesado hábito de Francisco, con los bordes deshilachados, parece incidir en una interpretación del santo acorde con las ramas reformadas de la orden franciscana, en especial con aquellos que mantuvieron una estricta observancia de la Regla, los alcantarinos, que hacían hincapié en la pobreza total y que tuvieron mucha influencia en España.

A pesar de la austeridad iconográfica, Zurbarán empleó una paleta cálida y modulada y una iluminación difusa. Dedicó al cielo buena parte del fondo y silueteó sobre unas pálidas nubes la cabeza del santo. Su fisonomía no es angulosa o no se ha dibujado como en versiones anteriores, y la expresión es serena, mostrando una caracterización profundamente humana de Francisco. Así, la imagen transmite en su conjunto calidez emocional. En este lienzo, Zurbarán llevó a lo más alto el refinamiento pictórico y cromático, y consiguió una de sus imágenes devocionales más intensamente conmovedoras y memorables (Texto extractado de Finaldi, G. en: Donación de Plácido Arango Arias al Museo del Prado,

One thought on “Francisco de Zurbarán”

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *