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Por: Alejandra Jaramillo Morales *

La escritora bogotana les regala a nuestros lectores un nuevo cuento, esta vez inspirada en la capital de Argentina.

Alejandra Jaramillo Morales

Le incomoda la silla erguida y que las dos veces que la ha reclinado un aeromozo ha venido a recordarle que antes de despegar debe mantenerla así. Sube una pierna sobre la otra, mira por la ventanilla y quisiera encontrarse con el paisaje de alguna plaza porteña, con tantos ficus y palmeras y esos árboles de flores rosadas, que por esos días han empezado a caerse con insistencia. Lleva una dentro del cuaderno de notas. No sabe si va a ser capaz de entregársela a Sol cuando la vea. Podría ser un gesto demasiado cursi. De lo que sí está seguro es que la recogió para ella en uno de esos días en que el viento no enfriaba tanto y le permitía pasar horas de plaza en plaza leyendo a Alice Munro. O lo que es peor, en los lenguajes del enamoramiento, que la flor, y no sólo esa que recogió, sino todas las que vio y olió en esos días, representaban la añoranza qué él sentía por Sol. Imposible explicar todo eso en una conversación con una mujer a la que anhela tanto y que por ahora sólo ha visto de lejos. Regresa a Bogotá para tomarse un café con ella, y no deja de pensar qué vendrá después. Recuesta la cabeza contra la ventanilla, luego la regresa al centro de la silla, se echa hacia adelante y da golpes suaves contra la silla de enfrente, no encuentra una posición cómoda. Mira por la ventana y la emoción de encontrarse con Sol al día siguiente le aleja la molestia de no ver una plaza porteña, sino, una pista de aviones, un avión de Lufthansa que aterriza a lo lejos y su avión que se mueve, con ese sonido de motores enérgicos que antecede al despegue. Ahora les toca a ellos el turno, piensa y se alista para bajar la silla y recostarse por fin a dormir. Quiere borrar de su mente todas las dudas. No quiere pensar más en las películas de su vida, en sus amores, en los posibles errores que pueda estar cometiendo al salir, así, tan de repente, de Buenos Aires sólo porque una mujer quiere verlo.

−¿Le gustó Buenos Aires?

Oye la voz de la chica que se ha sentado a su lado, la mira. Es una mujer joven de nariz grande, de piel blanca y ojos claros, medio aguados, que asocia con las judías. Antes de contestarle siente incomodidad de que esa mujer supiera, desde antes de hablar con él que era un turista. Se miró con la mente y trató de pensar en qué de su figura o su pinta estaría escrita su extranjería. Por demás era la tercera vez que venía a Buenos Aires, las dos primeras habían sido viajes de trabajo, periodismo turístico que paga con viajes, y esta última era precisamente la vez en que más se había compenetrado con el espacio, con los argentinos y con el tango, lo que lo hacía sentir mucho menos extranjero. Había decidido pasar sus vacaciones en Buenos Aires, aunque era una ciudad que ya conocía y por lo general prefería lugares nuevos, pero esta vez quería aprender a bailar tango para sacar a bailar a Sol, esa mujer que ansiaba y con quien llevaba más de seis meses carteándose por internet.

−Sí claro, me parece una ciudad agradable− respondió sin mucho ánimo, más bien con todas las ganas de estar durmiendo, había pasado toda la noche bailando tango y las emociones que había vivido lo habían dejado extenuado.

−¿Agradable?− dijo la chica con ese tono gritón que usan las argentinas al preguntar−¿agradable una ciudad donde todo sale al revés?

Luis pensó en que Buenos Aires en efecto se estaba volviendo cada vez más una ciudad del tercer mundo y cada vez estaba más contaminada de las desgracias de la pobreza. De este viaje le había impresionado la cantidad de gente que estaba durmiendo en las calles, sin embargo, también pensó que era una ciudad tan imponente, con tantas avenidas y ese magnífico transporte público, el cine, el teatro, la música.

−Si no fuera porque parece europea, sería para matarse− dijo la chica bastante molesta. A Luis le sorprendió la rudeza con que esa mujer inició el diálogo con él. Se quedó observándola. Vio cómo se agarró el pelo rubio, lacio y lo envolvió con las manos, hizo una moña y cuando parecía que sacaría una pinza para concluir su trabajo minucioso de recoger cada pelo, lo volvió a soltar. Entonces Luis recordó que el primer día del viaje, cuando llegó al aeropuerto de Ezeiza había visto una pareja de alemanes quejándose de los servicios del aeropuerto y recordó también que sintió un fresquito cuando descubrió que no hablaban de Colombia sino de Argentina. De todos modos, en este viaje se había sentido muy a gusto y había tenido tiempo suficiente para disfrutar la ciudad con esa suerte de pausa, sin el afán turístico de ver lo que se debe ver y más bien con la calma del que puede sentirse viviendo en otro lugar.

−Pues a mí me gusta− dijo Luis, cortando para el resto del viaje la conversación con esa mujer. No quería hablar de trivialidades con nadie en ese momento. Se sentía preocupado por sus decisiones, por el miedo de no saber qué pasaría en el encuentro con Sol, de no saber si había sido un idiota al tomar esa decisión de regresar. Le llamó la atención que no prefiriera coquetear con la mujer, porque estaba seguro de que en otro momento de su vida, en esos ires y venires de un casanova con uno que otro logro, habría intentado seguir la conversación, porque la sola idea de entablar una conversación con una mujer y sentir que esas palabras puedan redundar en algo de intimidad eran un estímulo para Luis. Ahora prefiere quedarse sumido en la ansiedad que le produce el regreso súbito a Bogotá, ese capricho suyo de volver sólo por el deseo de tomarse un café con Sol. Se volteó, organizó la almohada, se arropó con la cobija del avión y se dispuso a dormir.

Luis había visto a Sol varias veces en los últimos años y ella quizás nunca a él. Supo de ella en una ocasión en que le pidieron que cubriera un salón de artistas para el periódico en que trabajaba. Allá encontró unas fotografías tomadas por esa mujer. Era un conjunto de imágenes que pasadas por agua y expuestas en cajas con cascadas adentro aludían al paso del tiempo, a los borrones de la identidad, había leído en la descripción de la muestra. Esa vez las fotografías y el montaje le parecieron un tanto obvias, pero no la fotografía de la fotógrafa. Dicho de otro modo, cuando vio el rostro de Sol quedó prendado. Durante semanas ese rostro regresó a su memoria y se fundía con el de Anouk Ameé, la mujer de Lelouch, y lo llenaba de una ansiedad brutal, de unas ganas extremas de poner sus manos sobre esa blancura tersa que caracterizaba a esas mujeres. Sol tenía el pelo negro, liso, con unas cuantas ondas que se acomodaban detrás de las orejas, lo llevaba corto, muy recto a la altura del cuello y aunque solo la había visto en la foto podía intuir que ese pelo se movía con la dulzura de las hojas de los árboles. La piel blanquísima, la forma del rostro alargada y en la quijada una suerte de cuadrante que le daba un aire de inteligencia, una boca perfectamente delineada, con una sonrisa que a él le parecía triste y protectora a la vez, y unos ojos castaños delineados con color negro en el párpado creando un terminado final un tanto achinado y unas cejas gruesas que rodeaban los ojos con cierta devoción. Los pómulos pronunciados y una nariz, aunque un tanto ancha, armónica del todo con el resto del rostro. Era curioso, pero la imagen de Sol le venía en blanco y negro, como la película de Aimeé. Con esa música brasilera y esa lluvia constante. Sin embargo la belleza de Sol no alcanzó para que la buscara porque sus fotografías no le habían gustado y era el único tema que le habría permitido hablar con ella. Para Luis la suerte con las mujeres dependía de que hubiera motivos verdaderos, pues cuando intentaba acercamientos desde la química solía encontrarse con estrepitosos accidentes y terminaba sintiéndose un “fracasanova”. Esta fotógrafa, por linda que sea no tiene futuro, pensó Luis, y se fue olvidando de ella. Semanas después fue con su novia del momento al miércoles triste de su restaurante favorito de en La soledad y en el fondo del lugar vio a Sol. Verla en movimiento fue espectacular. Ni Anouk Aimeé podría mover el aire con tanta sofisticación. Pero esa segunda vez tampoco hubo un motivo para hablarle.

Fue después de que Luis visitara una exposición en un café en el Park Way que encontró el motivo para entablar conversación con ella. Bueno, conversación electrónica, porque verla no estaba entre sus planes cercanos, temía que la mirada de esa mujer lo volatilizara al punto de desaparecer. Luis se molestaba consigo mismo por esas sensaciones fatalistas que producían algunas mujeres en su carácter y Sol era una fuente de esos temores. Para el día en que inauguraron la exposición en Bogotá Luis ya había leído elogios de la exposición inaugural en Madrid y decidió ir a verla. La exposición se llamaba “Transgen” y jugaba con imágenes de encuentros generacionales y de géneros sexuales. Seres de todas las edades y todas las inclinaciones sexuales, desnudos, mezclados en una diversidad de situaciones en las que luego de hacer una primera foto, la fotógrafa iba acercando el lente y sacando fotos cada vez más próximas, hasta encontrar algún detalle minúsculo pero explosivo de cada uno de esos encuentros. A Luis le impactó mucho ver esas fotografías y verla a ella radiante en ese espacio. Le impactó una foto tomada en un baño público donde una anciana es seducida por dos mujeres jóvenes. El detalle final era la mano excitada de la anciana agarrando la cabeza de una de las jóvenes que los espectadores ya sabían que estaba besándole los senos.

Entonces Luis decidió escribirle. Le mandó un mensaje sobre el impacto que había sentido al ver la exposición. Ella contestó muy parca, agradeciéndole y cerró la conversación con una pregunta que le permitió a Luis continuar escribiendo. Luego vinieron detalles de las fotografías y ella mantenía el diálogo. Después ella le mandó otras fotografías, unas antiguas y unas nuevas y Luis, tratando de no caer en la jerga que conocía como crítico de arte, le seguía dando sus percepciones. No quería que ella lo descubriera por su vocabulario ni tampoco abrumarla con lo que él consideraba de ese conocimiento vago que enmascaran de tecnicismos algunos comentadores de arte.

De hecho, la conversación con Sol le hacía pensar que finalmente estaba logrando una apreciación del arte más intuitiva y vital, y aunque temía que no iba a ser capaz de conquistar a esa mujer el gusto de hablar de arte de la manera en que lo hacían mitigaba su miedo. Además vivía una extraña sensación de que él se hacía más verdadero de sólo imaginarla a ella leer sus mensajes. Pensaba en ese rostro que enamoraría a Lelouch y de repente sentía algo más de existencia, le parecía que su participación en las películas de la vida duraba los pocos segundos en que ella abría la pantalla del computador y se sentaba a leerlo, y luego desapareciera del film hasta volver a ser invocado por esa mujer.

La comunicación se mantuvo por meses y Luis aunque se deleitaba de ese diálogo cada vez estaba más seguro de que Sol contestaba menos por estar interesada en él que por alimentar su ego. Cualquier artista se sentiría alagado de que le comenten su obra y ella seguro no quería perder ese gusto. Sol tenía una manera dejada de sostener la conversación, aun cuando daba señas de querer mantenerla, no mostraba emoción y por eso Luis sabía que nunca sería capaz de invitarla a encontrarse. Sólo si ella lo invitaba darían ese paso. Él no estaba para esos desencuentros amorosos. Porque además le molestaba hacerse ilusiones con historias absurdas, leer en la realidad lo que no había y terminar dando pasos con mujeres que luego lo hacían sentir un fiasco. Con el tiempo Luis le confesó a Sol que se sentía frustrado por no haber sido artista y Sol a su vez le confesó a Luis muchas de las obstinaciones que le había significado mantenerse en el arte. El temor de Luis crecía porque claramente en esta conversación había una heroína y un perdedor. Ella la fotógrafa y él, el pobre periodista.

Una vez Luis le escribió que una de sus fotos le recordaba un baño en el colegio de su primera infancia donde al entrar sentía tremendo miedo de que alguien viniera a hacerle daño. Luis evitó contarle la versión completa del recuerdo, cuando en verdad si venían unos niños a golpearlo, no quería ser cada vez más débil ante sus ojos, ella por su parte le contestó:

“Es un baño de un hotel en Praga y para mí significa sensaciones muy distintas. Lamento el recuerdo que desaté, de todas maneras no dude en seguirme contando sus reacciones a mi obra. Aprendo mucho con sus palabras”.

Algunas otras veces cuando Luis interpretaba acertadamente las obras de Sol ella se animaba y se conectaba con sus comprensiones, otras se mostraba aún más distante, pero siempre buscaba la manera de que Luis no dejara de escribirle, lo que para él significaba que sus cartas se habían convertido en un alimento necesario para ella.

Luis despierta. Su vecina le ha guardado el desayuno. Él ha dormido profundamente durante casi tres horas. Cuando se asoma a la ventana ve la cordillera, las montañas al lado del desierto. Alcanza a contar treinta y dos picos nevados. Los tonos van del blanco de los picos, y baja en naranjas, rojos y amarillos, una inmensidad de arena que le imprime a los nevados una majestuosidad sobrecogedora. Quiso mostrarle a la vecina el paisaje que estaba viendo, pero no alcanzó a llamarla porque la sensación de imponencia le trajo un recuerdo de su infancia que se entrelazaba con la decisión que había tomado de regresar a tomar café con Sol, con sus incapacidades de amar lo verdadero. El recuerdo viene con todos sus matices y encaja perfectamente en todas las películas que nombran su vida ahora -la de Buenos Aires, la del retorno, la del tango-. Recuerda una conversación de sus padres una noche que él odia.

Hablaban de la homosexualidad de uno de sus mejores amigos, que recién la había aceptado a su esposa, con quien tenía tres hijos y una familia ejemplar. Luis salió del cuarto donde ya lo habían mandado a dormir, pero por algún motivo ese día tenía sed y bajó las escaleras sin llamar a nadie. Cuando iba llegando a la cocina oyó las voces de sus padres, hablaban con un tono tan elevado y como golpeado que se detuvo a escuchar. Esas voces le daban miedo, pero a la vez tenían siempre un misterio, algo que no podría entender del todo él y que sin embargo le parecía muy importante escuchar.

˗No podemos juzgarlo así- dijo su padre- es su condición.

Claro que sí, nos engañó a todos- respondió la madre molesta. Se escuchaban los trastes

en movimiento. Luis se imaginó que ya estaban terminando de arreglar la cocina y pronto subirían. Se acurrucó en la escalera, listo a empezar a subir, y siguió oyendo.

−Ya, Silvana, no podemos juzgar las emociones que nunca conoceremos.

−Ahora me dices eso, como si quisieras conocerlas.

−Pues no, no lo digo por eso− alzó la voz el padre más que antes−sólo que no puedo saber

cómo es eso. Yo no tendría la fuerza para probar.

−Ves, te lo dije, lo probarías.

−Pero no, nunca lo haría, no me molestes más, yo no tengo la culpa de que los demás seamos cobardes y él haya sido capaz de hacer lo que quería con su vida− gritó

el padre y en el mismo momento se oyó un cristal romperse contra el piso.

Luis recuerda que salió a correr, se metió en las cobijas, la sed se le había olvidado y lloró de rabia. No podía creer que sus padres fueran cobardes, que no tuvieran fuerza de probar, así como ellos le decían siempre que debía probar nuevos alimentos, amistades, juegos. Ellos unos cobardes, imposible. Y se envolvió en las cobijas y lloró de rabia hasta que por fin se quedó dormido. Ese recuerdo le quedó como una mancha en la imagen de sus padres. Muchas veces más sentiría hervir la sangre al recordar esa conversación y verla reflejada en el día a día de sus progenitores. Volvió a pensar en Sol, en las mujeres y pensó que tal vez su inconformismo era lo que le hacía tan difícil sostener relaciones constantes, tal vez él en las películas de su vida debía intentar la valentía, pero de todas maneras no tenía otra manera de vivir y esperaba que pronto llegara una relación en la que sintiera ganas de quedarse.

La última vez que Luis había visto a Sol fue en una milonga en Bogotá. Una buena amiga suya lo había invitado a la milonga de los domingos, un espacio fascinante, aseguraba ella por la música, los videos y el baile. Era un pequeño teatro que las tardes dominicales se convertía en el escenario donde se daban cita numerosas personas a bailar tango. En el escenario la pista y afuera un pequeño bar donde terminaban conversando los que no venían solo a bailar. Luis aceptó, porque su amiga llevaba meses insistiendo y esa tarde que se sentía cansado de las rutinas que le imponía el trabajo como director de la revista, quiso hacer algo diferente. Nada de irse a tomar chocolate donde de sus padres, ni visitar los sobrinos, ni quedarse en casa viendo películas, nada de eso, había que ir aprendiendo a diversificar los domingos, de lo contrario la depresión que traen consigo podría arrastrar al abismo hasta a las almas más fuertes, pensó Luis. Así que esa tarde Luis se bañó, fue a almorzar, ya tarde, con varios amigos de su amiga y se encaminaron a la milonga. No podía dejar de sentir que todo eso de que el tango se hubiera puesto de moda en Bogotá le parecía un poco fake, otra más de las salidas arribistas de los bogotanos, pero la alegría que se movía en torno a eso lo sorprendía desde hacía meses. Ya conocía casi una decena de mujeres, jóvenes y algunas muy bellas, que le invertían mucho tiempo a aprender a bailar tango, sabía de varias de ellas que viajaban anualmente una o dos veces a Buenos Aires a mejorar la técnica en clases particulares con bailarines porteños. Y sabía también que esas mujeres darían lo que fuera por encontrar un hombre de su tipo que supiera bailar tango. Y claro, cuando entró a la milonga y vio a Sol, primero bailando, luego en el bar, que habría sido el lugar de Luis si no fuera porque terminó pasándose la tarde viendo a Sol bailar, sintió que solo aprendiendo ese baile sería capaz de conquistar a esa mujer.

En un momento en que Luis estaba en el bar, Sol salió, se acercó a una mesa que estaba muy cerca de la de Luis, pidió una cerveza. Luis la observó fascinado y atormentado. Sentía como si sus cartas estuvieran grapadas a su abrigo y esa mujer pudiera terminar acercándose y descubriendo que él era él, y como en una comedia argentina -malísima y que no habría recordado si no fuera por la situación- se quedaría esperando a que él la sacara a bailar. O quizá, que no sabía si era peor, pasaría leyendo esas cartas, le mandaría una sonrisa con lo mejor de su condescendencia y seguiría de largo. Por suerte Sol estaba apurada, no podía perder tiempo de baile. Se bogó la cerveza y regresó a la pista. Luis hizo lo mismo, no podía perderse el espectáculo de verla. Luis no tuvo ni que preguntarse cómo hacía para no parar de bailar cuando había mujeres sentadas en las graderías que muy de vez en cuando lograban que las sacaran a bailar. Muchos hombres querían bailar con Sol, era una mujer verdaderamente magnífica. Su pelo, ahora un poco más largo de los hombros ondeaba al mismo ritmo que la falda. Todo en ella parecía irrepetible. Cada prenda parecía haber sido diseñada para ella, para que esa mujer absorbiera el espacio y se llevara la respiración de más de uno. Las medias caladas y tejidas entre hilos negros, rojos y plata, la falda negra de vuelo, un esqueleto pegado al torso con brillantes que formaban una suerte de atardecer, y unos zapatos rojos que dejaban ver los dedos de los pies y hacían perfecto juego con el rojo tornasolado de las medias. Sol no tenía ninguna dificultad de encontrar con quien bailar, pero de todas maneras, si algún día se encontraban a conversar sobre arte, como debía ser, el detalle, nada minúsculo, de que él supiera bailar tango sería una flecha al corazón de esta dama, corazón que hasta ahora Luis sentía que no había rozado.

Los preparativos le tomaron un par de semanas. Sacó todos los cd’s que tenía de tango, los oyó y luego empezó a buscar nueva música en Youtube. Averiguó con las amigas por un buen profesor en Buenos Aires, y tuvo que aguantarse a más de una riéndose de él, que si no sabe ni bailar salsa que va a bailar tango, y otras que decían que como no sabía bailar salsa seguro le iba a ser más fácil aprender tango, pero todas con cierto dejo de burla, de que no entendían de donde este hombre resultaba en ese plan. Una vez supo cuál sería el profesor, ya tenía horarios y demás, pidió las vacaciones, buscó un apartamento para alquilar, compró tiquetes. No le cabía duda, si se dedicaba en cuerpo y alma a aprender en un mes sería capaz de sacar a bailar a Sol. Sin embargo, ese destino de sacarla a bailar no estaba tan cerca pues aunque ya supiera bailar, aunque la volviera a encontrar en una milonga, sin que ella le pidiera que se vieran nunca se le acercaría, pero no importaba, porque si los azares se unían algún día la abrazaría al bailar.

Desde que aterrizó en Buenos Aires su vida sólo sería tango. Al chofer del remise que lo llevó a la ciudad le pidió que le pusiera tangos, en el apartamento desde que entró organizó su computador y los parlantes y lo único que oía era tangos y milongas. Sabía que en su vida dos de sus escritores favoritos estaban separados por ese gusto irresoluble. Borges la milonga, su aire juguetón, Sabato el tango, ese sentimiento hondo y arrollador que se baila. El apartamento, o mejor departamento, para entrar en su onda porteña, quedaba sobre la calle Ayacucho. Desde la vidriera de su habitación se veía el hotel Ayacucho Palace, que tenía poco de palacio, y que Luis aprovechaba como una de sus fuentes de alimentación. En algunos momentos, mientras practicaba los pasos de tango que iba aprendiendo, se quedaba en la ventana y miraba a los turistas que entraban y salían del hotel.

El día de la primera clase de tango Luis caminó por Belgrano, desde la 9 de Julio, buscando el cruce con la calle Perú. Aunque le habían dicho que aún faltaban días de verano, el frío había entrado con fuerza. En una esquina encontró un hombre haciendo garrapiñada de almendras. Luis compró una y siguió el recorrido salvándose del frío con el calor que le daban las almendras azucaradas. Lo deleitaban los nombres de las calles, esa increíble alusión permanente de lugares, momentos, batallas, escritores. Las ciudades no numeradas como Buenos Aires que en general deben ser muchas, lo raro son las numeradas, pero que para un bogotano son muy novedosas, le produjeron una sensación deliciosa de juego literario, de sistema de signos, símbolos, metáforas. Como si la literatura misma se desplegara en el sistema de calles y sus correspondencias, Le gustaba recordar que en Buenos Aires había visitado hacía muchos años, en su primer viaje, una calle llamada Serrano. Cuando fue a esa calle llegó cargado de la emoción de buscar la casa donde había nacido Borges. Con los años ya no sabe si en ese primer viaje, casi veinte años atrás, vio o no la casa, si es su imaginación la que cree haberla visto y solo la ha visto en las fotos de los libros, pero lo que le sorprende es que años después alguien decidió cambiarle el nombre a la calle y ahora se llama Jorge Luis Borges. Son ciudades que pueden ir escribiendo su historia en los nombres de las calles, Tacuarí, Piedras, Chacabuco, Perú y que como en el caso de la calle Serrano a la vez van borrando la historia con el paso del tiempo. Cuando llegó al cruce que buscaba lo impresionó que en una de las esquinas había un imponente y extraño edificio gris, con cierto toque modernista, pero que además tenía cúpulas y esculturas, como gárgolas con imágenes muy extrañas. Días después sabría, por boca del profesor de tango, que el edificio fue construido para una delegación austrohúngara y que como llegó la guerra no fue usada nunca por los visitantes. Las gárgolas tienen animales representativos de Argentina, entre ellos el cóndor, y también el rostro de los constructores que levantaron el edificio. Hoy en día no sólo acoge el studio de Mariano Posse, también una escuela de escritura y otra serie de oficinas.

La entrada al edificio era un poco lúgubre, oscura, se notaba que faltaban varios bombillos. No había nadie en la recepción así que decidió subir. Abrió la primera puerta del ascensor y luego la reja, entró, cerró las dos puertas, ya sabía que ese aparato no se movería si no quedaban las dos puertas bien cerradas, y empezó la subida al séptimo piso. El ascensor, mejor dicho el elevador, era una estructura de metal con huecos que permitía ir viendo hacia las escaleras. A Luis le encantó sentirse metido en esa caja traslucida. Recordó películas y series de televisión argentinas y los encuentros y desencuentro en los elevadores, personajes subiendo en elevador mientras otros los siguen por las escaleras. Al llegar al séptimo piso lo guió la música. Timbró. La puerta era inmensa, dos veces su tamaño. Una mujer, vestida en trusas de baile le abrió la puerta y corrió por el corredor. Él la siguió, observando todo a su alrededor. Las paredes del corredor estaban llenas de fotos de parejas de tango y muchos letreros con frases famosas sobre ese ritmo que ahora escuchaba en alto volumen. Al final del corredor había un arco alto también, como las puertas, y desde el interior de ese recinto a donde se dirigía no sólo salía la música sino una luminosidad impresionante. Todo en ese espacio tenía una solemnidad que hacía sentir a Luis un intruso, un ser falso que invadía el mundo sagrado de otros. Cuando se asomó, tras el arco, encontró la pista de baile. Un espacio amplio donde sólo había espejos, un equipo de sonido, una hilera de sillas contra la pared que daba a la entrada y dos puertas a los lados, al fondo un gran ventanal. En el centro vio un hombre alto, delgado, con facciones que a Luis le parecieron muy italianas, de pelo negro y ojos oscurísimos también. Dos parejas bailaban alrededor de ese hombre, una de las mujeres que bailaba era la chica que le había abierto la puerta.

Mariano, era fácil saber que era él, le señaló a Luis las sillas. Luis se sentó. Las dos parejas terminaron de bailar el tango completo mientras el maestro los observaba en silencio. Entonces Mariano apagó la música. Les dio varias instrucciones – Vos Facundo, entrá bien en las sacadas, invadí su espacio. No esperés que ella lo haga por código, si no entrás con decisión la mina nunca podrá saber qué es lo que querés. Y vos Walter, bien, las sacadas están muy bien, pero no le estás dando tiempo de adornarse, acordate, hay momentos de ella, dale el tiempo, no lo llenés todo de tu dirección.- Entonces volteó a mirar a Luis y terminó de hablar- estos hombres que aprenden tango y quieren controlarlo todo- se rieron todos, Luis sonrió aun sabiendo que algo del chiste se le escapaba-. Bien chicos, mañana seguimos. Por favor esta noche en el Canning quiero que estén tranquilos, que no se aceleren que sientan todo lo que estamos marcando. Y ustedes chicas estuvieron maravillosas, como siempre -una vez más se dirigió a Luis- es que las mujeres la tienen tanto más fácil en esto.

Mariano llevó a Luis a su oficina. Salieron por una de las dos puertas que daban a la pista de baile, la que estaba abierta. La oficina, a diferencia de la entrada no tenía fotos en las paredes, sólo un gran cuadro de Gardel que quedaba sobre la cabeza de Mariano en el lugar donde se sentó en el escritorio. Luis se sentó también.

−Qué te trae por acá− le dijo Mariano y le extendió una caja de chocolates para que eligiera uno.

−Lo que le dije por teléfono, quiero aprender a bailar tango, en mi país se ha vuelto muy común bailar tango. Bueno. No sé− contestó Luis sintiéndose cada vez más extraño de estar en esa situación y a la vez contento con el sabor del chocolate en la boca y la certeza de que había llegado a un lugar adecuado para sus planes.

−En su país el tango está de moda desde la época de Gardel. No me venga con esa historia, tiene que haber más. El tango entra en la vida de las personas para no salirse nunca más y por eso me parece importante preguntar los motivos. Hay personas que vienen buscando solucionar algún problema de salud, otros para encontrar una distracción y yo siempre les digo que el tango no es algo pasajero, el tango nos invade la vida, es como una amante peligrosa, de esas que uno nunca puede olvidar. Así que se lo vuelvo a preguntar, para qué quiere aprender −Luis no sabía cómo contarle su historia a Mariano, porque la verdad le daba vergüenza con ese hombre tan apasionado por el tango dejarle saber que para él sería exactamente igual aprender danzón, o cumbia o chacarera, que, aunque oír tango siempre le había gustado, para bailar lo único que le interesaba realmente era el interés de Sol por el tango.

−Quiero aprender para bailar con una mujer que me interesa− le respondió Luis, como soltando de repente un chorro de agua sobre la cara de su interlocutor.

−Mejor− dijo Mariano y se echó para atrás en la silla− ahora me gusta más. Pero decime, ¿Vos sos de los que por lo menos han oído tango antes, o de los que llegan vírgenes a esta pasión?

−Claro que he oído, me imagino que no hay colombiano que no haya oído tango, es una enfermedad nacional, y más para gente que viene de la región de mis padres, el eje cafetero. Y en la Universidad me gustaba mucho ir a un bar de malamuerte en la zona céntrica de la ciudad a oír tangos y ver los borrachos que cantaban hasta la última melodía con una nostalgia que siempre he creído ajena a mí mismo.

−Cómo te lo explico− le dijo Mariano con ese aire de sabelotodo que a Luis le molestó un poco pero que dada su situación de dependencia por el arte que este hombre manejaba estaba dispuesto a aguantar− no hay destinos cruzados. No estás llegando al tango de soslayo, como pensás. Sí, querés sacar a una mina a bailar, está bien, querés enamorarla, supongo, pero tu destino con el tango está en otro lugar. Ese es el azar, y es muy importante porque nos deja ver qué tanto te podés llegar a comprometer con esto, pero el tango está más allá y si vas a bailarlo es porque desde siempre lo llevás dentro.

−No lo sé− le contestó Luis, dudando por completo de lo que creía que Mariano trataba de decirle- tal vez no lo entiendo, ¿usted me dice que yo quiero bailar tango desde antes, o que el tango es mi pasión y no lo sabía?

−No, te digo que el tango está por encima de los azares que nos llevan a él, y ya. Vení, tu clase empieza a las 7, pero como tenés poco tiempo, un mes no es mucho para este arte, vamos a empezar a caminar desde ya.

Mariano encendió las luces del salón de baile, con la llegada del otoño estaba empezaba a oscurecer más temprano. Puso la música. −Pugliese, nos ayuda a oír la música, el ritmo. Vamos a caminar, imaginate que vamos caminando por el parque, lo único diferente es que vas a caminar por un parque donde hay una música que debés escuchar, que debés seguir.

Mariano tomó del hombro a Luis y empezaron a caminar alrededor de la pista. En el ventanal Luis se sorprendió de la vista. San Telmo a sus pies, pensó Luis. Se veía el río y las calles hondas que van llegando a la costanera, y ese atardecer que iba envolviendo la ciudad entera como una burbuja de colores. Recordó un haiku: “En el cielo azul/luz y altas nubes/ repitiéndose hasta el fin”. Mariano lo siguió llevando con su mano del hombro. −Ni la punta de los pies antes, ni ningún movimiento raro, caminá. Simplemente déjate llevar por el ritmo. Pan, pan, pan. Se camina a tiempo, a contratiempo, a doble tiempo, se camina a los lados, pero para eso nos tomaremos un poco de tiempo porque tenés que ver la disociación. Por ahora caminá para el frente.

Llegaron los otros compañeros de clase y Luis tomó su primera lección de tango. Como en la película que según le habían dicho era innombrable en Buenos Aires por haber sido dirigida por una inglesa. En esa primera lección tuvo que caminar con una chica que, sabía bailar muy bien, y Luis se sintió apenado de sus escasos conocimientos. Pero como en toda gran cofradía los adelantados se hacen cargo de los que poco saben y desde ese día sus compañeros y compañeras lo sacarían en las milongas y bailarían con él siempre. Para completar la escena Mariano les dijo a todos, día tras días, que Luis debía enamorar a una mujer con el tango y que todos ellos eran responsables de que un día lograra llegar con ella a saludarlos. Fue tanta la insistencia que por momentos Luis deseaba nunca haberle contado, en otros momentos sentía una presencia extraña de Sol en todas partes, más cuando unas de sus compañeras de baile, una chica un poco pasada de kilos, con un pelo crespo como andaluz, pero de cara muy blanca y ojos azules, le ponía en las mesas de las milongas una silla al lado y le avisaba a todos que nadie podía sentarse allí, que esa era la silla de la mina de Luis. Era una especie de conjuro, aunque Luis por momentos sentía que era una manera de la chica de llamar la atención y lograr que él la invitara a usar esa silla. Y aunque bailaron mucho juntos durante todos esos días que salieron a milonguear, nunca quiso ceder a sus coqueteos, no era su tipo de mujer.

Esa misma noche fue a milonguear. Las chicas le dijeron que solo con que caminara bien, cambiara el peso para que ellas entendieran cuando salir y con qué pie, hiciera pausas para nunca golpear a alguien en la milonga, podrían bailar de vez en cuando con él. No se acostumbraba que bailaran mucho los novatos en esos espacios, como el Canning, que en otras milongas, como la de los miércoles en la Catedral, los novatos bailan más y que él debe ir a todas para aprenderlo todo, el cabeceo, los guiños, las reglas, dónde sentarse, hombres solos, mujeres solas, grupos. Las vestimentas y demás.

Entraron al salón. Era un espacio inmenso, con una pista en forma de cuadrado rodeada por mesas. Los ubicaron en la zona de los grupos. Mariano le dijo a Luis que mirara todo con atención, que el tango también se aprende mirando. En la pista un sin número de parejas bailando, en contra de las manecillas del reloj. Luis se sentó, todavía dudoso de estar ahí, más por la impostura que por sus motivos. Le sorprendió la armonía con que se daba el movimiento en ese lugar. Todo el conjunto de parejas se movía con gran armonía mientras que cada pareja hacía pequeños pasos y adornos a su turno, en su manera de irse dejando llevar por la música. Luis comprobó en pocos minutos que eso que había visto en Colombia era solo el amago de algo que en este espacio se desplegaba en toda su dimensión. No sabía si un día se enamoraría del tango, ni si Sol se enamoraría de él, pero si supo que algo de diversión le traería la impostura del tango aunque todos los días que pasaría aprendiendo a bailar y practicando en las milongas volvería a dudar de sus habilidades para aprender, se preguntaría si valía la pena el esfuerzo que hacía por una mujer inexistente y lo abrumaría la sensación de no caber en ese universo tan ordenado. Lo observó todo, los trajes, los movimientos, el cambio de ritmos, que todos en la mesa le iban anunciando, ahora es milonga, ahora vals, ahora un poco de rock and roll, un fox, y vuelta al tango. Vio a Mariano bailar, con alumnas y con otras mujeres y le pareció adecuado haberlo escogido como profesor. Que elegancia con la que se movía ese hombre, cómo las mujeres se crecían a su lado. Luis bailó un par de tandas con dos de sus compañeras que fueron benevolentes y lo sacaron a la pista a hacer el oso, se reían ellas de la expresión colombiana, porque eso de caminar normal entre gente que baila como los dioses era un verdadero despropósito pedagógico, pensó Luis. Esa noche se fue a dormir con un pesimismo tremendo de que él mismo pudiera un día aprender algo de ese baile.

Luis vivió en ese tiempo una desaceleración completa. Las horas del día que no se dedicaba a bailar las pasaba caminando y leyendo en las plazas de la ciudad. No quiso llamar amigos porteños, ni llenar el tiempo con actividades diferentes a deambular por la ciudad y bailar. Sólo llamó a un amigo poeta a quien pensó que vería una sola vez, pero que terminó siendo quien le proveería los porros, así que se encontraron varias veces a intercambiar unas cuantas palabras en medio de unas trabas descomunales. Por esos días se sintió menos extranjero que en cualquier ciudad que hubiera visitado antes, esas rutinas impostadas del tango lograron en él una pausa que lo hacía sentir en casa. No porque en casa viviera con ese ritmo lento, sino porque en su alma apareció una sensación de comodidad que se confundía con lo conocido.

El desayuno no lo perdonaba, no importaba que fuera al medio día. Iba a algún bar a comer facturas con café, todos esos pastelitos, le contó el poeta, con nombres anticlericales que habían traído los panaderos anarquistas españoles a Buenos Aires. Después las caminatas. El parque Lezama que le traía esos recuerdos de la pobreza intensa de su país porque mientras él se sentaba por ahí a leer cuentos de la canadiense que lo consumía en esos días o de los autores argentinos contemporáneos, veía entrar y salir de pequeños cambuches a seres deshechos y perdidos en el tiempo. En las lecturas de esos días descubrió autores argentinos que nunca había leído, la vida ociosa de Fabián Casas, la dictadura como intimidad borrosa en Matilde Sánchez y le crueldad en Pablo Ramos. Otros días se iba a pasear por la costanera, cerca del club de pesca, frente al aeroparque, y luego caminaba por el parque. Una tarde una rata inmensa se le enfrentó en la costanera cuando caminaba tratando de sostenerse en pie por el viento brutal que salía del río. Otros días caminaba por Recoleta, su barrio, y se sentaba dentro del cementerio de la Recoleta a leer y a ver los gatos. En la plaza General San Martín se sentaba horas también a mirar ese reloj y recordar la historia de los cambios de nombre de la plaza que como las calles desataba conversaciones con la historia. Hizo pocas salidas más lejos. Una tarde fue hasta Ezeiza, cerca del aeropuerto a encontrarse con los realizadores de un documental que estaba de moda en internet, «La educación prohibida», también fue hasta el Tigre, solo, y se metió en barco por el delta. En ese viaje por el río recordó las alusiones frenéticas que de ese lugar hace Ricardo Piglia. No entraba mucho en librerías, sólo cuando terminaba un libro para buscar otro, porque su ánimo no era coleccionista sino lector. Sol entraba y salía de su mente en esos momentos porque además era el tiempo en que pensaba con qué nuevas palabras le contestaría los correos. La conversación se mantenía. Él no le contaba aun que estaba en Buenos Aires, tal vez nunca se lo contaría.

En las tardes iba a las clases de tango. Cuatro horas de clase donde ponía todos sus errores al descubierto para que Mariano y sus compañeros lo corrigieran y le ayudaran a mejorar. Las lecciones de tango fueron muchas, error tras error que debía ir corrigiendo. También tuvo que construir una identidad en el vestir. Compró zapatos de tango combinados blanco y negro, pantalones negros y camisas de colores intensos, ese era el tanguero que podía ser, el pelo creciendo, pegado con gomina a la cabeza y una mirada que practicaba frente al espejo y que le causaba risas burlonas, sabía que nunca sería capaz de repetir esa mirada frente a las mujeres. Luis nunca dejó de sentir que eso del tango era una impostura absoluta, pero supo bien cómo entrar y apropiarse de ella y gozársela. ¿Vería Sol algo de todo esto algún día? Su historia de amor, que no existía, le parecía obtusa, pero no podía detenerse, esa mujer le gustaba mucho y además llenaba el vacío que habían dejado las mujeres en su vida. Sabía que los amores carnales, los que de verdad se consuman son siempre más importantes, pero él no dejaba de pensar en Sol, en la posibilidad de tener algo con la mujer con el rostro de Anouk Aime. Sabía que había perdido el rumbo en el amor y le parecía que lo recuperaría dejándose llevar por este amor platónico.

Tarde en las noches, después de cenar iba a las Milongas. No siempre iba con todos los compañeros, pero si con Mariano que no dejaba de bailar ni una noche. Lunes Bendita milonga, martes Tango queer, miércoles Maldita milonga, jueves El beso, Milonga en Orsay, viernes Milonga fiestera, La gorra, sábado Milonga de la independencia, salón Canning, domingos La milonga del indio, Milonga andariega, y en varios días milonga Niño bien, El arranque, Porteño y bailarín, La viruta. Escenarios de tango para cada día y Luis resultaba cada día en uno de esos espacios hasta la madrugada cuando regresaba a casa en Recoleta, leía o veía alguna película y se iba a dormir. Con Mariano descubrieron muy pronto el gusto común por la marihuana, así que muchas veces antes de entrar a las Milongas se fumaban un porro que a Luis le ayudaba a mitigar el miedo de bailar. Porque la verdad es que para Luis no estaba siendo nada fácil eso de bailar tango. Se le daba la rigidez, el caminado avanzaba bien, pero tratar de dar una indicación con el torso mientras que con los pies se hacía otra cosa era tremendamente difícil y los nervios se le crecían de manera inusitada. Los porros hacían bien su trabajo y lo relajaban. Gracias a la marihuana se lanzó a sacar mujeres diferentes a sus compañeras de la escuela, a intentar el cabeceo. Con tres semanas de clases y de bailar intensamente por todas las milongas de la ciudad, ya sentía que era medianamente decoroso sacar a bailar a una mujer, y que quizá la misma Sol aceptaría bailar con él y tal vez no se le sentaría o no le negaría la invitación a bailar como le había sucedido en algunas milongas con mujeres que preferían no bailar con un principiante. La compañía de Mariano le agradaba, era un hombre que podía conversar de muchos más temas de lo que Luis imaginaba y se divertían mucho mientras iban de una milonga a otra. Algo de la pedantería que había incomodado a Luis al comienzo se fue diluyendo con los días y las conversaciones.

Luis se sube al segundo avión después de una espera corta en el aeropuerto de Lima. Se siente cada vez más lejos de Buenos Aires, más cerca de Bogotá, de Sol. Lleva en las manos una botella de Pisco que compró para tomarse con Alfredo, su amigo de años. ¿Será capaz de contarle toda esta aventura? En el avión le sorprende cómo la realidad se entrevera con el arte mismo. A un puesto de su silla, después del corredor ve a una mujer setentona. Una mujer muy blanca, de pelo liso nada abundante, vestida con una minifalda azul que no busca ocultar ser un trajeado de señora y que a la vez la hace ver como una adolescente en cuerpo de anciana. A sus lados dos jóvenes, paisas los dos, de piel muy oscura que a turnos van complaciendo a la anciana con caricias, agarradas de mano y besos. Una otoñal princesa de dos hombres extremadamente jóvenes. Luis piensa en las fotos de Sol, en esas escenas y siente qué él mismo está metido en el mundo fotográfico de Sol. ¿Qué pensará la anciana de sí misma? ¿En qué película se sentirá viviendo? Cada uno de nosotros en sus propias películas, en nuestros extraños videos. Luis no deja de mirarlos, teme a esa libertad, a ese puño que esa mujer le da al mundo que la rodea. ¿Qué destino les espera? ¿A dónde irán después de acá? Piensa en Sol. Sol vistiéndose para encontrarlo en ese café donde mañana se verán. ¿Y si llama a cancelar? porque ella misma le pidió el número de celular. Y si… tantas preguntas en ese momento. Dos horas más y estará en Bogotá. Frente a las montañas. ¿Dormirá esta noche, podrá conciliar el sueño con tanto Buenos Aires adentro?

«Salgo de viaje pronto, ¿te dan ganas de que nos tomemos un café antes?» decía el mensaje de Sol.

Luis lo leyó antes de salir a desayunar. No podía creerlo. Tomar la decisión fue abrumador pero certero. Antes de salir llamó a la aerolínea y cambió el vuelo. Viajaría al día siguiente en la madrugada. Le quedaba una tarde y una noche en esa ciudad que de ahora en más de seguro adoraría, o que tal vez no sería capaz de volver a visitar. Tenía miedo de tomar la decisión equivocada, de saltar al vacío y dejar este mundo de Buenos Aires, irse antes de tiempo. Inentendible. Como era temprano cruzó al café del hotel. En el lobby vio que en el televisor seguían con la noticia del Papa argentino, Luis no quería saber nada más de eso, ha sido el único tema de los últimos días. En la mesa del lado vio a una pareja. Ya los ha visto en días anteriores. Alcanza a oírlos.

−Te va a dar risa, pero me siento metida en una película cursi− le dice ella. Una mujer con claro acento colombiano, lo cual sorprende a Luis pues la había imaginado española. Luis se sonríe de oírla hablar de películas como forma de interpretar la vida.

−¿Cursi, cuál?− pregunta él que si tiene acento español.

−La de los muchachos. Bueno no la primera sino la segunda. Esos que se quedan en una ciudad toda la noche y viven un romance de una noche y luego se ponen una cita meses después, ¿no la viste?

−No

−No puede ser, te la mando por internet cuando vuelva a casa.

−¿Y por qué te sientes en esa película?

−Porque en la segunda se encuentran años después. No sé. La conversación, la vida, los destinos de los dos, las nuevas identidades− el hombre la mirò con un amor infinito y distante, se ríen, y continúan su conversación.

Luis se sintió mal de estar, no oyendo, sino grabando esa conversación. Lo tranquiliza ver que otras personas se sientan también viviendo dentro del cine. Quizás él no es tan ilusorio como a veces piensa. Él, en ese momento, se siente entre dos películas. Jean LoiusTrintingant viajando a toda velocidad en el carro de carreras para encontrar a Anouk Aimée al bajar del tren, o el disfrute porteño de dos japoneses y su amor tormentoso lleno de silencios y vacíos. Recuerda la decisión que acaba de tomar, el regreso que ya no va a frenar y que lo lleva a la más absurda de sus fantasías. Teme no saber amar, no poder entregarse al amor.

La película porteña de sus últimos días sucedió de manera intempestiva y ahora va a abandonarla. O bueno, si Luis lo pensara con calma, como cuando se intenta desentrañar las causas del amor, podría decir que hubo días que pudieron prefigurar todo esto, pero ahora ha decidido irse. Luis se hace muchas preguntas. ¿Qué noción del amor lo acompaña? ¿Qué es lo que para él puede ser quedarse en la vida de otro? ¿Cuándo será capaz de habitar el mundo desde el amor y no desde esa idea postergada de amor que siempre ha sufrido? Todo cambió en la última semana. Mariano le propuso que hicieran clases privadas para que aprovechara los últimos días y pudiera ir a enamorar a su chica. Bailaron juntos, Luis y Mariano, como lo hicieron desde el inicio cuando Mariano quería marcarle algún detalle del baile, como Mariano lo hacía con todos sus alumnos. Pero con los días ya no era Sol la que estaba entre los dos. Fue como si el cuerpo de Mariano se fuera apoderando del holograma de Sol y tomara su propia materialidad. Luis y Mariano bailando con San Telmo a sus pies.

Todo lo demás vino sólo. Luis vivía esos días en una suerte de universo sin tiempo, sin dudas, en esa impostura que lo dejó liberado de sí mismo. La última semana, sin saber que era la última, la pasó tras la puerta que nunca nadie abría en el studio de Mariano. En ese departamento lleno de libros y películas, en un resplandor y un afecto que quizá no volverá a vivir.

El día que decidió regresar, después de comunicarse con la aerolínea llamó a Mariano. Silencio en el auricular. Luis debía irse, eso era todo, pero sabía muy bien que Mariano intuía más, que sabía más de lo que estaba sucediendo. Luis estaba dejando atrás la película de los últimos días por ir tras un fantasma casi inexistente. El silencio de Mariano fue largo, hondo. Tal vez estaría recorriendo todos los momentos que habían vivido para lograr volverlos pronto recuerdo, para sacarlos de la piel que está viva y llevarlos a la piel que se arranca.

Luis oye a la azafata anunciar que están próximos a aterrizar en el aeropuerto Internacional el Nuevo Dorado de la ciudad de Bogotá. Le tiemblan las piernas. No sabe cómo llegar a su ciudad con sus nuevas historias. Con el tanguero que ahora lleva impostado en el cuerpo. El avión aterriza. Luis ve las montañas, el cielo nublado de su ciudad. Le reverbera el alma dentro del cuerpo. Mientras el avión carretea buscando el destino final Luis cierra los ojos y no sabe qué quiere ver tras la ventana. No quiere llegar a lugar alguno. Enciende el celular. Teme las palabras que verá en los posibles mensajes que le han llegado en esas horas de vuelo. Recuerda el tono de voz apagado con que Mariano le pidió que trajera su maleta, y saliera desde su casa para el aeropuerto. Luis aceptó. Esa noche no hubo milonga, no fuera de la casa de Mariano. Esa noche, hasta la madrugada, hasta cuando el remise pasó a buscar a Luis para llevarlo a Ezeiza, bailaron y bailaron y bailaron. Luis lo llevó, Mariano lo llevó. Bailaron como tal vez no bailarán con nadie más. Luis quería agradecerle, decirle tantas cosas. Mariano le tocaba la cabeza, la cara. Los unía un silencio amoroso. Todos los sentidos del amor deshechos para Luis por la bruma de no saber si estaba tomando la decisión correcta. ¿Qué mandato, qué deseo lo llevaba a regresar? Luis enamorado del tango. Sol borrada por el cuerpo cadencioso de Mariano. Recuerda los colores del cielo de Buenos Aires donde quedarían grabados para siempre esos dos cuerpos. La visión en el río de una embarcación que se movía lenta y decidida mientras Luis se aferraba al cuerpo de Mariano. No sabe cómo podrá recomponer la imagen de sí mismo después de ese amor que ha dejado en Buenos Aires, después de vivir lo que su padre veía como un imposible. ¿Volverá a ver a Mariano? ¿Habrá aprendido a bailar tango sólo para abrazarlo a él? ¿Cumplirá Sol la cita?

Alejandra Jaramillo Morales ha publicado las novelas “La ciudad sitiada” (2006), “Acaso la muerte” (2010), “Magnolias para una infiel” (2017) y “Mandala” (2017), obra digital. Libros de cuentos: “Variaciones sobre un tema inasible” (2009), “Sin remitente” (2012) y “Las grietas” (2017), ganador del Concurso Nacional de la Cámara de Comercio de Medellín y nominado al Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez 2018. “Las lectoras”, su primera novela histórica, será publicada en 2020. Escribió dos novelas para adolescentes con el sello Loqueleo; “Martina y la carta del monje Yukio” (2015) y “El canto del manatí” (2019) y libros de críticacomo “Nación y Melancolía: narrativas de la violencia en Colombia” (2006) y “Disidencias, trece ensayos para una arqueología del conocimiento en la literatura latinoamericana del siglo XX” (2013). Es docente de literatura de la Universidad Nacional de Colombia.

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