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Rosario Sabarrena

Rosario Sabarrena es actriz y directora de artes escénicas (egresada del CIC – Centro de Investigación Cinematográfica), conductora y productora de radio (egresada de ETER – Escuela Terciaria de Estudios Radiofónicos). Tiene formación pedagógica y académica en Teatro e Inglés. Ha realizado seminarios de clown, danza, cine y otras áreas del arte y la comunicación. Lleva más de veinte años en el circuito independiente de Buenos Aires donde además de teatro, ha producido programas de radio, ha escrito para revistas digitales independientes y ha trabajado en prensa y difusión de hechos artísticos. Se destacó en la creación de canales de comunicación independientes, reseñas teatrales y entrevistas tanto audiovisuales como gráficas. Actualmente se encuentra trabajando en la edición de su primer libro.

MI CUMPLE NÚMERO DIEZ

Mis cumpleaños eran de los festejos más esperados por mí. No es que hiciéramos una gran fiesta pero siempre era una celebración. Vivíamos el final de los años ochenta, éramos de una clase media trabajadora y mi mamá preparaba todo a pulmón. No había salones ni nada pomposo, la cita era en nuestro pequeño departamento de dos ambientes de la Av. Gaona al 3000, en un séptimo piso del barrio de Flores, en el departamento “D” de dedo, como aclaraba mi mamá cada vez que íbamos al médico.

Siempre amé sentirme protagonista, la artista nacía en mí, quería la atención de todos, ser la estrella de la ocasión. Y mi cumpleaños siempre era una gran oportunidad para eso.

Repartía en el aula del colegio las tarjetas de invitación para el evento. No a todos. No se podía, me hubiera encantado, pero no. Supongo que no daba el espacio, el presupuesto, en fin. Unos días antes, elegíamos junto a mi mamá a quién invitaríamos a mi cumpleaños y allí juntas preparábamos las tarjetitas. El que tenía linda letra era mi papá, así que en general le pedíamos a él que escribiera los nombres y pusiera el mío a modo de firma. Previo permiso de la seño, yo las entregaba en el aula, caminaba entre las mesas y sólo se las daba a los elegidos; eso me hacía sentir muy importante. La verdad es que un poco de culpa también me daba, no todos recibían mis invitaciones pero sí quienes eran realmente especiales para mí.

Ese cumpleaños sería el último que celebraría en el barrio que me había visto nacer. Sería el último festejo en ese departamento que me había hecho feliz. Esa pequeña fiesta sería la última con mis compas del cole a quienes amaba. Sí, amaba. Siempre tuve sentimientos muy profundos y dramáticos desde muy chica.

Y a quien amaba por sobre todas las cosas era a Alejandro. Uff, Alejandro era rubio, tenía ojos claros y una voz tan dulce que me derretía. Por supuesto, no era a la única a quien le producía esto. Yo tenía competencia en mi conquista y no alcanzaba con las cartas de amor que le escribía (aunque las “decorara” con unas gotitas de perfume que rociaba en el papel de carta y en el sobre).

Alejandro estaba invitado a mi cumpleaños de diez. Qué emoción! Qué expectativa!!!

No recuerdo qué llevaba puesto ese día, debería revisar viejas fotos para asegurarme. Me encantan los vestidos pero en esa época no era una nena muy de vestidos, era más bien de las que usaban pantalones, colitas de pelo y jugaban a la par de los varones. Nunca actuaba de dama antigua en los actos escolares sino más bien me ganaba los papeles de soldados, coyas bailarinas o gente del pueblo. Era de las chicas que se colgaban de los árboles, que jugaban a la mancha, que andaban en bicicleta o se montaban en patines por la vereda. Siempre con algún raspón, media despeinada o con alguna prenda sucia. No me importaba, así era feliz. Pero no estaba segura de si así le iba a gustar a Alejandro. Había otras chicas muy lindas invitadas. Quizás pretendía demasiado al esperar que él me diera bolilla. Estaba tan ilusionada con la idea de que aunque sea viniera a mi casa que no pensaba mucho en nada más.

Globos en las paredes, enganchados en los clavitos que sostenían esos platos de decoración que se usaban antes (¡qué espanto!), guirnaldas arriba del modular del comedor, cartel de bienvenida en la puerta del departamento y manteles guardados sólo para ocasiones especiales puestos sobre la mesa. Vasitos dados vuelta de a montoncitos de 4 o 5, jarras de jugo (casi no consumíamos gaseosas), platitos de papitas, chizitos, palitos. Mis papás luego pondrían sobre la mesa las tarteletitas rellenas con atún decoradas con huevo duro, quizás salchichitas y habanitos de chocolate para completar el menú. Varias décadas después podría asegurarles que no hay cumpleaños para mí sin una torta hecha por mi mamá, pero en este momento no puedo recordar sus tortas en mi infancia, quizás porque a esa edad no me interesaban demasiado. Hoy no concibo celebrar mi natalicio sin esa delicia familiar hecha con tanto amor.

Pero volvamos a Alejandro. Ansiaba su presencia y en cuanto iban llegando mis amigas y amigos, la expectativa era aún mayor. Charlábamos, nos reíamos, jugábamos a juegos  (no recuerdo cuáles) y sé que había música. Hoy me pregunto de dónde saldría. Sólo teníamos un pasa cassette pequeño, y tres o cuatro cassettes en casa, nada más. Mis viejos eran más de la radio, AM o FM, siempre estaba prendida por ahí. Y los cassettes que recuerdo no musicalizan hoy la imagen de este cumpleaños especial. Fue como si todo se hubiera puesto de acuerdo para celebrarme, para hacerme feliz, para inundarme de gozo femenino infantil.

Alejandro se presentó en mi fiesta sencillo y sonriente, como sólo él podía ser. Natural, pienso hoy. Yo estaba fascinada, deslumbrada. Tenía lo que deseaba dentro de las paredes de ese dos ambientes que sólo supo darme alegrías en mi infancia. Él se prendió en todas las propuestas.

Sé que nos reímos, sé que nos divertimos y tengo esta imagen impregnada en mis ojos y en mi corazón que me roba una sonrisa inmensa mientras escribo estas palabras. Imagen que genera la expansión de mi relato previo a ese momento.

Una foto lo constata, una cámara fue testigo. ¿Quién presionó el obturador para congelar en el tiempo la inmensa felicidad del cumplimiento del deseo de aquella niña de diez años?

Alguien puso música lenta. Alguno de los “grandes” apagó alguna luz y sé que viví ese instante previo con tanto nerviosismo como el que se vive cuando no sabés si alguien te va a sacar a bailar. Es más, cuando sólo querés que ese ser especial te saque a vos a bailar. Qué tensión. Qué emoción.  ¿Quién elegiría a quién? ¿Cómo disimular?

Alejandro me extendió la mano, me hizo ojitos, movió la cabeza, pero además dijo con su voz gruesa: “¿querés bailar? Y me sacó a bailar un lento. Éramos cuatro parejas en la pista, eso comprueba la imagen. Me tomó de la cintura y yo puse mis brazos alrededor de su cuello, sobre sus hombros y sé que por momentos apoyé mi rostro cerca suyo. Podía oler la manzanilla para su pelo rubio, siempre olía rico. Y eso me encantaba.

Rosario Sabarrena


MI ABUELA RANCIA

Mi abuela me despertaba todas las mañanas no muy amorosamente. Pobre, no lo hacía a propósito. Simplemente me abría la puerta del cuarto y el perro raza cusquito que teníamos (lo habíamos levantado con mi mamá de la calle un domingo paseando por el barrio, estaba medio asustado al lado de un árbol, sin nadie alrededor, o estaba perdido o había sido abandonado) saltaba como loco arriba de mi cama y me lamía toda la cara invitándome a comenzar el día.
Amaba a Polizón. Así se llamaba mi perro. Y amaba a mi abuela, aunque era medio sorda y rara vez entendía bien todo lo que yo le decía. Ella me preparaba el desayuno que consistía en una taza de té con leche y dos rodajas de pan, a veces con manteca, a veces con dulce de leche, a veces con mermelada. No mucho más. Mi mamá no estaba a esa hora porque se iba a trabajar muy temprano en la mañana, así que yo recién la veía por la tarde. Aún recuerdo a mi abuela gritándole a Polizón, pidiéndome que lo saque a pasear a la vereda a hacer pis, cosa que yo hacía religiosamente a la mañana antes de ir al colegio y al mediodía antes de almorzar. A la noche era mamá la que se encargaba de sacarlo a pasear. Sé que aprovechaba para tomar aire y fumarse un cigarrillo en soledad. Andá a saber qué cosas pensaría.
En mi casa éramos tres, bueno, cuatro con Polizón. Era una familia regida por mujeres. Mi abuela había enviudado varias décadas atrás (yo nunca conocí a mi abuelo) y mi papá había fallecido cuando yo apenas tenía dos años. Casi no tengo recuerdos de él. Si no fuera por un par de fotos y alguna que otra anécdota, no sabría de su existencia. Mi mamá y mi abuela sí que sabían sobre la soledad de perder a un compañero. Aunque gastaban sus días intentando disimularlo frente a mí siempre sentí la ausencia total de una figura paterna en mi casa.
Lo que sí tenía eran primos. Dos increíbles, fantásticos y maravillosos primos que me llevaban varios años. Hijos de la hermana de mi mamá, para mí eran todo. Tenían esa onda de adolescentes cancheros, con pelo largo y unos ojos verdes que conquistaban a las chicas. Lo sé, porque las veía cuando íbamos al almacén juntos a comprar algo los fines de semana que nos visitaban. Ellos vivían en provincia, que para mí, cuando era chico, era como lo más lejos que se podía estar de la casa de uno. ¿Dónde quedaba “provincia”? ¿Dónde quedaba la casa de mis primos? A dos colectivos y un tren del barrio de Villa Mitre donde yo vivía.
Villa Mitre era parte del barrio de Paternal, o parte del barrio de Flores, no lo sé, pero le decían Villa Mitre. Para mí, era vivir a una cuadra de la plaza de Pappo, que era un cantante de mechas largas, medio rústico y metalero. Mi mamá lo detestaba, pero a mis primos les encantaba, así que a mí también.
Pero me estoy yendo por las ramas, les estaba contando de mi abuela. Luego de desayunar juntos y medio apurados, yo me iba para el colegio que quedaba solo a unas cuadras de donde vivíamos. En esa época la mayoría de los chicos íbamos caminando si vivíamos cerca, y casi todos vivíamos cerca. Salvo una compañera que recuerdo que se tomaba el 113 y la dejaba en la esquina de la escuela. Era una locura pensar que ella tenía el poder de subir sola y pagar el boleto. Me parecía fascinante que pudiera venir a la escuela con plata y que viajara en colectivo. Se llamaba Amelia y había entrado a nuestro colegio ese año. Era muy alta y llevaba el pelo atado en una colita que usaba muy arriba en la cabeza. Era hermosa, con su pelo oscuro, muy oscuro. Yo estaba deslumbrado con ella, pero no se lo decía a nadie. Los varones no contábamos nuestros pensamientos ocultos la mayoría de las veces, simplemente los teníamos pero no los decíamos.
Al colegio iba en el turno mañana, lo que me daba mucha pereza, sobre todo en invierno cuando levantarse era un suplicio, por favor, odiaba tener que dejar la cama calentita para ir a hacer cuentas con una maestra vieja que me aburría bastante. Lo bueno de ir por la mañana, era que siempre tenía las tardes libres para jugar, salir a la vereda o ir al club con algunos de mis amigos del barrio. Eso estaba copado. Como yo no dormía siesta (siempre odié la siesta, hasta que fui muy grande) aunque mi abuela me obligaba pero, pobre, no podía lograr que yo cumpliera, entonces tenía un montón de horas para disfrutar del día. Ya habría tiempo para las tareas del colegio, a mí lo que me gustaba era salir a “callejear”, como decía mamá.
Almorzábamos juntos, mi abuela y yo. No cocinaba rico, casi siempre me quedaba con hambre, pero no se lo decía. No me importaba, yo quería terminar rápido el almuerzo para irme a jugar con Polizón. La recuerdo yendo a tocarle la puerta a la vecina para pedirle algunos huevos, a veces era algo de arroz o fideos. Hoy me pregunto si lo que no había era dinero para las compras o si el hecho de que mi abuela fuera algo fóbica a la gente o al afuera era lo que la llevaba a pedirle cosas a la vecina. Doña Renata se llamaba. Era una vieja divina, la vecina, digo. Me pedía un beso cada vez que nos cruzábamos en el edificio y me acariciaba las mejillas. Siempre sacaba algún caramelo de alguno de sus bolsillos y olía a bizcochuelo de vainilla. Ah, me hubiera encantado que doña Renata fuera mi abuela. Yo nunca entraba a su departamento, salvo aquella vez en que mi abuela se cayó y tuve que ir a pedir ayuda. Tenía una casita de sueño, como esas que aparecían en los álbumes de figuritas de Sarah Key que tenían las chicas del cole. Parecía un cuento de hadas. Pero me estoy yendo por las ramas, otra vez y yo les estaba contando de mi abuela.
Mi abuela tenía olor a rancio. No es que no se bañara, no. No sé cómo explicarlo, pero su ropa olía a rancio. Años más tarde descubrí que adentro del placard existía un mundo de bolitas blancas conocidas como naftalinas, seguramente era eso lo que se le enredaba entre sus prendas dándole aquel aroma tan particular. Ella me solía pedir ayuda para guardar cosas en la alacena donde ya no llegaba. Yo me subía a un banquito que había en la cocina y las ponía en su lugar antes de que llegara mamá del trabajo. También me pedía que lavara los platos, yo odiaba la grasa que quedaba en la vajilla pero me divertía mucho la espuma que hacía el detergente sobre la esponja. Mi abuela me retaba, no había que desperdiciar jabón. Eran otros tiempos y la mano venía jodida. Pero yo pensaba que si podía encargarme de los platos también podía aprovechar y jugar a la espuma en la pileta como si fuera una gran bañadera y la vajilla mis juguetes. Si pasaban varios días sin que lloviera, me pedía que regara las poquitas plantas que teníamos en el balcón, y a cambio, me daba algunas moneditas que tenía guardadas en un viejo alhajero nacarado sobre la cómoda de su cuarto.
Por las tardes ella dormía su siesta. Se le cerraban los ojos en el sillón viendo alguna novela en la televisión (me acuerdo de una donde los hermanos Pimpinela hacían de gemelos separados al nacer) y como yo tenía prohibido cambiar de canal y me aburría, esperaba que se durmiera y me rajaba del departamento. Una de mis entretenimientos favoritos, algo de lo que más me divertía hacer era ir a tocarle el timbre a mi vecina Margarita. Cuando la mamá la dejaba salir porque no tenía tareas para el colegio, nos íbamos a la plaza juntos. No tomábamos el ascensor, nos encantaba bajar las escaleras a toda velocidad, lo cual era algo bastante drástico y peligroso, y corríamos carreras a ver quien llegaba antes a planta baja. A veces en los descansos de cada piso, para hacer más rápido, nos saltábamos un par de escalones y caíamos haciendo ruido con la suela de las zapatillas. Cuando llegábamos a la calle: la libertad; no hacía falta ponernos de acuerdo, corríamos a toda velocidad la cuadra que nos separaba de los juegos. Mi favorito siempre fue el tobogán, a ella le fascinaba la hamaca, pero de una u otra manera, siempre nos organizábamos para pasar por todos. No podíamos irnos de la plaza sin habernos subido a cada uno.
Si la tarde lo ameritaba, si las tareas no urgían, si el reloj no nos apresuraba, si la lluvia no aparecía, nos dábamos una vuelta por el club. Siempre encontrábamos a alguien conocido. Nos gustaba recorrer las instalaciones como si estuviéramos haciendo una investigación de las actividades que se realizaban. Pasábamos lista, el equipo de básquet entrenaba más temprano, las chicas de gimnasia deportiva, los pibitos de fútbol (los peques porque los más grandes entrenaban siempre más tarde). Nos comprábamos algún Topolín en el kiosco para descubrir la sorpresa, o algún chicle (que para mí era lo más, te hacía re canchero). Al rato pegábamos la vuelta.
La merienda en casa la tomaba con la abuela, pero esta vez yo le preparaba el té con leche para ella y me hacía una chocolatada para mí, fría en verano y caliente en invierno. Ya me habían enseñado a usar las hornallas y a ser cuidadoso con el fuego y no quemarme. Si tenía suerte y mamá no se atrasaba después del trabajo, a veces también merendábamos con ella. Eso era lo más copado. Me encantaba escuchar a mamá hablar de las cosas de adultos con la abuela, que muchas veces le pedía que repitiera lo que decía o simplemente se apoyaba sobre su mano izquierda como símbolo de que estaba algo aburrida del cuento.
Ellas se peleaban mucho, lo recuerdo como si fuera hoy. Aún me parece escucharla a mi abuela hacerle comentarios a mi mamá sobre mi educación. Era muy loco, cuando mi mamá me apañaba en algo frente a mi abuela, mi abuela le decía que tenía que ser más estricta conmigo, controlar mis tareas, prestarme más atención. Mi abuela siempre le reclamó a mi mamá que no estuviera mucho tiempo en casa, que saliera, que no se encargara de las compras y esas cosas de madres. Yo sentía que mi mamá me defendía. Ahora, cuando mi mamá se enojaba por algo del colegio o sobre mi comportamiento y se la agarraba conmigo, uuff, mi abuela saltaba como leche hervida y empezaba a protegerme de una manera que yo no veía en ningún otro momento. A mí me encantaba. Éramos como un péndulo, íbamos y veníamos; yo me reía la mayoría de las veces con solo verlas, me hacían gracia. Ellas se enojaban más cuando yo lo hacía.
Aún me abraza el recuerdo de mi abuela rancia yéndose de este mundo sin haberla podido abrazar lo suficiente. No supe hacerlo mientras pude o ella no supo pedírmelo. Junto con la desaparición física de mi abuela, la pérdida de Polizón fue uno de los mayores dolores que tuve que atravesar más tarde. Ellos eran especiales.
Mi abuela no era como las de los cuentos, no era como las abuelas de muchos de mis amigos del colegio. Mi abuela tenía olor a rancio y yo la amaba. Ella la ayudaba a mi mamá cuidándome, o ¿era al revés y mi mamá la ayudaba a mi abuela? ¿O ellas dos me cuidaban a mí? No lo sé. Quizás siempre fui yo quien las cuidó a ellas.

Rosario Sabarrena


CADA VIAJE ERA UNA AVENTURA A SU LADO

Cada viaje era una aventura a su lado. Los cuatro éramos como un gran equipo fantástico. Casi nunca sabíamos qué iba a pasar (pese a que ellos jugaran a tener todo programado). 

    Esta vez era cerca, aunque claro, a la edad de 7 años uno no tiene la noción exacta de qué es lejos y qué es cerca. Todo lo que se encuentre fuera de tu barrio o el de tus abuelos o amiguitos, es lejos. Y esto era lejos. Y estábamos de vacaciones. 

    Amaba esa carpa canadiense, vieja, arrugada, pesada, de un color amarillento sin saber si originalmente era así o si con el paso del tiempo y las cuestiones climatológicas se había degradado de un bello naranja. 

    Era de noche, creo que descansábamos cuando un trueno estrafalario nos sobresaltó a los cuatro. Dormíamos todos juntos. Dentro de la carpa teníamos las cuatro bolsas de dormir, los cuatro correspondientes aislantes y todos los bartolos que se les ocurran dentro. Sí, sí, bolsos y demases también dentro de la carpa. 

    Por alguna razón ellos saltaron enseguida, mamá y papá. Algo pasaba que quizás mi hermano y yo no entendíamos. Se vistieron, abrieron el cierre y salieron. Nosotros nos quedamos dentro sintiendo el violento zumbido del viento que arremolinaba la carpa acompañando a las gotas de lluvia que se iban transformando en un aguacero. Los truenos no se quedaban atrás. 

    Empezamos a escuchar voces, eran ellos, nuestros padres, enloquecidos haciendo un ruido que luego comprendí eran las palas. Estaban intentando cavar las famosas zanjas que se hacen alrededor de una carpa para que en caso de lluvia no se inunde. Claro! Ellos no las habían hecho al llegar a Lobos y ahora bajo la tormenta no les quedaba otra. Cavaban y cavaban y gritaban empapados. 

    Yo sentía terror, no sé si llegué a expresarlo. Cuando sos la hermana mayor no importa mucho qué te pase, tenés que demostrar que no te pasa nada y sobretodo si delante está tu hermano menor. Todo el mundo sabe que “el que manda es el mayor”, ¿no es cierto?

    Pueden haber sido minutos, instantes, ¿un rato? No lo sé, mi recuerdo me hace sentir que fueron horas las que estuvimos en vela, en medio de la noche temiendo que esa carpa se volara (por más que tengas años de acampar y mucha experiencia, en estas situaciones no falta nunca el pensamiento de que la carpa se puede ir volando y vos con ella). 

    En algún momento determinado se ve que se agotaron de cavar, la lluvia los ganó o los convenció o estaba todo hecho ya, no lo sé a ciencia cierta, pero ellos entraron empapados. 

    Nos quedamos sentados en silencio, los cuatro, mirando apenas por el cierre entreabierto de la canadiense… había otras carpas cerca, varios hacían lo mismo. Si pudiéramos dejar el temor a un lado, el hecho de poder ver la lluvia desde la carpa con el cierre entreabierto es un espectáculo bastante grandioso, más si sos un niño y lo compartís con tu familia. 

    Aparecieron dos locos, qué divertido. Dos “pibes” que para mí eran grandes y para mis viejos serían eso, dos veintiañeros alocados por la noche. Claro, no dejaba de llover. La tormenta era inquebrantable y todos estábamos allí para disfrutar de un fin de semana largo lleno de verde en la laguna. Estos pibes se pusieron a saltar y cantar y gritar bajo la lluvia. Tenían frascos de sal en sus manos y comenzaron a hacer un círculo sobre el pasto en un espacio entre las carpas, de modo que todos pudiéramos apreciar el espectáculo. Cantaban y danzaban como indios alocados y divertidos, mirando al cielo haciendo gestos, pidiendo que dejara de llover. Todos nos reíamos, disfrutábamos muchísimo de la ocurrencia. 

    El tiempo pasó, no sé cuánto, pero la lluvia se detuvo y por un instante el cielo se abrió y ellos alabaron los rayos del sol que los cubrían y agradecían haciendo movimientos hacia la tierra. Todos gritábamos y silbábamos, fue increíble. Todos reíamos divertidos y aplaudíamos agradeciendo el gesto y la danza y lo que finalmente habían conseguido. 

    No sé si mi papá y mi mamá habían sentido el mismo temor que yo frente a la tormenta, la carpa y la posibilidad de salir volando, pero sí sé que no nunca lo demostraron.

    Cada viaje era una aventura a su lado. Los cuatro éramos como un gran equipo fantástico. Casi nunca sabíamos qué iba a pasar (pese a que ellos jugaran a tener todo programado).

Rosario Sabarrena


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