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Por Eva Durán

Mónica Gontovnik

Perseguí una entrevista con Mónica Gontovnik durante un año, desde que la vi en la calle del arte vestida como vendedora de Butifarra, recorriéndola de arriba abajo con una palangana llena de libros anudada a las caderas mientras gritaba a voz en cuello: “¡Poemas! ¡Poemas!”.

Me recibe en su estudio de la Fundación Kore, descalza y sin maquillaje. Está furiosa con los constantes cortes de luz que debe sufrir en su apartamento de Puerto Colombia. – “En Barranquilla no vale la pena ser un buen ciudadano” – dice indignada mientras prepara el desayuno – “aquí a nadie le importa ni nadie valora que tú cumplas tu deber y respetes las normas, acates las señales de tránsito, te portes bien, pagues los impuestos a tiempo, respetes a tu vecino. Aquí todo el mundo te atropella, te tumba y te brinca tu puesto en la fila y todo lo quieren solucionar con un “¡Hey! fresca mi vale, tómalo con calma” y esa es una violencia tanto o más grave que cualquier otra”.

Inteligente, rebelde, vital, polifacética, Mónica es entre otras muchas cosas poeta y bailarina profesional. La vida le alcanzó para casarse y divorciarse en dos oportunidades, estudiar filosofía, tener un hijo, una columna de opinión en el periódico El Tiempo Caribe (desde la que pisó más de tres callos), escribir seis libros de poemas, fundar el Festival Internacional de Danza Contemporánea, estudiar un grado profesional en Danza y una maestría en  psicología y arte de la sanación. Ha sido también actriz de cine, teatro y televisión, directora, guionista,  tallerista, docente de filosofía y diseñadora de joyas Mandala. En la actualidad dicta clases de arte, de Biodanza, y trabaja en su primera  novela: “Te salva que eres Bonita”, de corte autobiográfico.

Acostumbrada a darse de cabeza contra molinos de vientos, a denunciar, proponer y aportar cosas a su natal Barranquilla, se hartó finalmente de esa ciudad, de una dinámica cultural que gira alrededor del carnaval, visto por los empresarios locales como un simple negocio. Se queja del carnaval (pese a su innegable importancia), que se trague el 90% del presupuesto de la cultura, y que en cambio no exista una política coherente de apoyo a otras formas de expresión vitales para el desarrollo humano.

Mónica no termina de ser asimilada por el establecimiento cultural de su ciudad natal. Esto que parece increíble, lo es más aún cuando compruebas que ha dedicado la mayor parte de su vida (más de 45 años) a la creación, gestión y promoción cultural, trabajo por el cual fue propuesta para ocupar la cartera del Ministerio de Cultura

Es judía (nieta de inmigrantes polaco – alemanes), atractiva, y exuda placidez. Sin embargo, su vida no ha estado exenta de dolor. El  secuestro hace 15 años de su hermano y de su único hijo hace tres (quien tras ser rescatado tuvo que irse para siempre del país) le reventó la vida en mil pedazos.

Narra en su novela esta traumática experiencia:

“- Cuando mi hijo nació, yo me enamoré hasta los tuétanos de su naricita respingada y de sus ojitos bien abiertos. ¿Cómo iba a imaginar que me lo iban a llevar pa´l monte?. Después del primer atentado (el carro que iba adelante del suyo explotó por la acción de una bomba), unos hombres armados le reventaron a culatazos la puerta del apartamento. A punta de pistola y obligándolo a tomar burundanga lo subieron a un taxi que se perdió en la neblina de las tres de la mañana”.

“Mi madre se volvió artrítica de tanto golpear  las paredes durante los siete meses que mi hermano desapareció del mapa, para pasearse por los montes del Perijá con la guerrilla. Ellos ya no son como los héroes de las películas de nuestra infancia, que eran lo buenos. Ahora ellos son los malos de la película”.

“Mi abuelo alemán borró su católico pasado porque el Papa ni siquiera quiso impedir que  los nazis quisieran matar a su esposa y su hija, judías ambas. Los abuelos polacos nos cantaban canciones en yidish y lloraban a todos los que nunca volvieron a ver y cerraron su memoria cuando supieron que todos los que habían dejado atrás, habían muerto en la segunda guerra. Cerrado el capítulo Polonia y el capítulo Alemania, se abría la historia Generación Uno en Colombia. Un suelo que aunque caliente, les había parecido un paraíso. Hasta que cincuenta años más tarde la pesadilla se revierte en el secuestro de un hijo y un nieto. Progresaron económicamente trabajando hasta los huesos, sin echar mano de las artimañas con que se enriquecían otros a su alrededor: política, contrabando, robo, narcotráfico. Se partieron el cuero mis abuelos y más se lo partió mi papá para que cincuenta años más tarde unos malparidos que dizque quieren liberar al pueblo le quitaran todo lo conseguido honradamente. Aquí se goza sabroso con este rico melao, fíjense como yo gozo sigue diciendo mi papá, quien sigue jurando que este trópico es mil veces mejor que el frío de Swenczyan”

Mónica aparta los malos recuerdos con un manotazo, como una telaraña  innecesaria, y con una sonrisa de adolescente traviesa continúa leyendo en voz alta fragmentos de su novela, una divertida y fresca historia en la que se combinan la trasgresión, el erotismo, la filosofía  y el humor negro.  Mientras le escucho detenidamente, tomo conciencia del privilegio que representa conocer a esta cálida y valerosa mujer, y solo lamento que no haya más que una sola  Mónica Gontovnik.

Cinco Poemas

 Ustedes pueden quedarse en sus flamantes piscinas.

Yo les agradezco en cambio

que me recuerden el río que llevo adentro.

Pueden quedarse con sus obscenas películas.

Yo en cambio

agradezco el saber que el sexo es todavía

mi rito de primavera.

Ustedes sigan diciéndole a sus hijos

“no seas egoísta”

que yo agradezco en cambio

el recordarle al mío que sí lo sea

que mire a otros padres predicando

mientras “mi sala es más costosa que la tuya”

y mientras “préstale tus juguetes al vecino”

pero no al ajeno, al hijo de la cocinera (por ejemplo).

Ustedes sigan parrandeando con coca y caviar

que yo en cambio

desayuno jugo de naranja y ron

Saludo a un sol despierto y agradezco

saber

que a quienes nos pertenece el día

somos

los transportadores del mañana.

 (1982)

 

* * * * *

 Cierra tus piernas

mujer

no las abras porque te den

casa

comida

bebé

 

aprende del sol coagulado en sudor

sudor horneado en la piel de tu amor

 

aprende de los aires en oídos destemplados

de las uñas

de las lagrimas que corroen

 

aprende de ti

mujer

y ama

con tus caderas

por tu sed

 (1982)

 

* * * * *

 

El carcelero

 

Las ventanas de esta casa

son claros engaños de luz

sembrados por los dos.

Reboto contra las paredes

en esta cárcel cristalizada,

mientras divertido observas

el espectáculo aterrador

de mi danza.

(1990)

 

* * *  * *

 

El objeto de deseo

 

El pliegue de tu codo derecho será objeto de mi lascivia. Por él, destruiré todo

pensamiento que no sea cálido, atrevido, intenso.

Por la piel que se pliega y estira, derretiré un olor que, con mi saliva, desde hoy caminará tatuado a tus días.

 

(1992)

 

* * * * *

 

Con el gallo

anuncias que vuelves.

Me levantas.

Digo gracias.

Si hubo sueños

lamento las pesadillas

lloro la maldad

saboreo lo amado 

atraso el periódico de la mañana.

Y digo gracias.

Bendigo ser.

Exprimo la naranja que disfruto

tanto como el sol que colorea las colinas

frente al balcón.

Los pájaros acompañan al gallo

porque las flores saludan a pesar del dolor

a pesar de la alegría

a pesar de que las usamos

para acompañar a nuestros muertos

a pesar de que también cantan en las bodas.

Como la tierra

como las hormigas

como los pies descalzos

como mi alma que saluda su cuerpo renovado

la brisa moja

mis pestañas

y

digo

 

gracias

 

(2000)