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Por Winston Morales Chavarro

La razón de la cuarentena es el número de contagiados. Un número que ni usted ni yo conocemos, pero que supera con creces las cifras oficiales.
Colombia debió tomar esta decisión hace una semana.
Lo peor del asunto es que con toda seguridad hay más de un contagiado en cuarentena. Yo mismo siento sabor a sangre en la boca y cierto dolor en la garganta y la espalda. Espero que sea mera hipocondría mía: pese a mis 51 años, aún tengo cosas por hacer, libros por escribir y publicar, tierras por recorrer, ríos por atravesar y muchas personas por querer, entre ellas mi nieta, mis hijos y mis padres.
No sé hacia dónde va esto, no sé cuál será el desenlace. Lo único que sé es que me faltan las clases, los alumnos, la rutina y los paseos por el centro amurallado de la ciudad. Cosas tan simples, tan sencillas, pero tan valiosas, tan vivificantes, tan renovadoras.
Quizás no lo valoré como lo aprecio ahora, pero cambio una sola de esas mañanas por un libro, un poema o una oración a Dios para los tiempos difíciles. Estos tiempos de hoy.
También me falta congregarme en mi Iglesia, mi templo, y entrar en comunión con mis hermanos a través de la alabanza y la oración. Para estos casos, al menos tenemos la Internet y podemos entrar en conexión con la fuerza tutelar de Jesucristo y del Espíritu santo.
Sé que muchos de quienes me leen no creen en Dios, pero estoy en mi derecho de evocar su nombre en estas horas de tribulación e incertidumbre. Estoy en todo mi derecho y exijo se me conceda ese deseo.
Pensar que hace una semana el horizonte era amplio y azul, la brisa suave, el olor al mar venía hasta nuestros pulmones con todo el amor y toda la luz y toda la transparencia. Y había tanta seguridad en nuestros corazones, tanta certeza en nuestras manos, de que esto era para siempre y de paso todo se convertía en un milagro gratuito al que podíamos acceder sin el mayor de los esfuerzos. Nos bastaba mirar hacia adelante y ahí estaba el mundo, el multiverso, la galaxia, la calle donde nació y creció el amor, y donde al parecer, nunca moriría (porque el verdadero amor jamás perece). Espero que el amor nos salve a todos. Tengo fe en el amor y en nuestra salvación. Y espero que una vez estemos en el tren de la normalidad, volvamos a abrazarnos, a amarnos y a ponderar la vida (por muy pequeña que sea) por encima de los artificios de la existencia terrenal. Ya no más lujos innecesarios, ya no más necesidades inventadas, ya no más mercancías inútiles, ya no más a las obsolescencias programadas, ya no más a la mortandad de los objetos (que las personas nunca serán obsoletas y jamás tendrán caducidad).
Ya no más asesinatos indiscriminados al planeta, a sus animales, a sus océanos. Ya no más minería, explotación indiscriminada de nuestros recursos, del agua, de la vida, de los otros. Ya no más asesinatos a líderes sociales, a defensores de derechos humanos. Ya no más «supremacía» del hombre sobre los animales (el planeta es más de ellos que de nosotros). Ya no más paternidad irresponsable, ni hijos abandonados, ni mujeres maltratadas ni violentadas. Es hora de detenernos, de hacer un alto ante el abismo que tenemos ante nuestros pies. Es ahora o nunca. El filo del precipicio está a un paso. Y creo que entre todos podemos dar otra vuelta a la tuerca de la máquina para que el motor del mundo gire en otra dirección, la más acertada y conveniente, la más saludable y espiritual. La más espiritual. La más espiritual.
Dios nos guarde.

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